jueves, 20 de septiembre de 2012

Un viaje sin retorno


Inicio mi serie de relatos de personas que se han reprogramado profesionalmente o que luchan por mejorar sus condiciones de vida. Para ello contacté con una persona que inició hace trece años una nueva vida alejada de sus raíces para conseguir un futuro mejor. Abro mi blog para presentaros a Lidia Luminita, una mujer rumana que ha conseguido asentarse en un país diferente al suyo y lograr, así, un porvenir mejor, alejada de su Bucarest natal.

La historia de Lidia representa la valentía, la fortaleza y la tenacidad por cambiar su destino. La lucha por resistirse, pese a la crisis económica que padece España actualmente, a regresar a su país, convencida de que su porvenir y el de su familia se encuentra aquí.




Al echar la vista atrás, Lidia recuerda sus orígenes en una pequeña población cercana a la ciudad de Bucarest, donde cursó los estudios obligatorios hasta los 16 años. Poco apasionada de los libros, decidió empezar a trabajar . Su primer contrato lo obtuvo como camarera de un bar, donde permaneció durante dos años.


Con la mayoría de edad decidió que su futuro no se encontraba en Rumanía y se animó a traspasar fronteras y dirigirse a Madrid, donde en aquel momento se encontraba su madre, que la apoyó y animó a dar el paso. "En aquellos momentos la situación en mi país era bastante caótica, los sueldos eran bajos, solo cubrían las necesidades del día a día. En mi viaje encontré la posibilidad de mejorar, y no me lo pensé", indica.

Los días previos a su partida, Lidia estaba intranquila, era la primera vez que salía de su país. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza, la decisión estaba tomada, pero las noches previas a su viaje el vértigo se apoderó de ella. ¿Sería una decisión acertada?.

Un día de verano de 1999, la mañana se levantó grisácea, fría. La humedad, pese a la ropa de abrigo, envolvía los huesos. El autocar estaba esperando, era la hora de la partida. Un viaje que duraría tres días. El calor en el interior del autobús se hacía inaguantable, el hacinamiento de los cuerpos generaba un ambiente espeso, denso, compacto. Costaba respirar, dolían: el cuerpo y... el alma.

Recién llegada a España, sin conocimientos del idioma ni de la cultura, Lidia empezó a familiarizarse con la lengua mediante las anotaciones básicas que su madre le hacía en un cuaderno. Mínimas nociones para poder defenderse; cómo preguntar el nombre de una calle, como dar los buenos días, aprender a viajar en el transporte público, etc.

Durante el primer año de su estancia en España, Lidia con un contrato laboral en su poder y sin residencia aprobada podía hacer uso del servicio de Sanidad pública español a través de un carnet, en el que se especificaba su condición de extranjero. En aquel momento, los trabajadores del servicio del hogar se regían por el  Real Decreto 1424/1985, de 1 de agosto, por el que se regula la relación laboral de carácter especial del servicio del hogar familiar. (Vigente hasta el 18 de noviembre de 2011). Regulación del Servicio del Hogar


Al cabo de dos meses se puso a trabajar como asistenta del hogar en una casa. Una ligera sonrisa ilumina su cara al recordar que cobraba 1.300 pesetas la hora. Los inicios fueron duros, desconocía el idioma y las costumbres, pero no quería volver a su país, significaría que había fracasado.

Mirando atrás, Lidia hace una valoración de los pros y los contras que le ha supuesto su decisión de intentar sobrevivir en España.  Nos cuenta que en estos diez años su situación ha mejorado, el precio de la hora trabajada se ha incrementado en un 40% respecto a su primer año, favorecido por nuestra incorporación al euro en el año 2000 y por la ficticia mejora económica que tuvo lugar durante los años de la "burbuja inmobiliaria". 

En este último año ha visto como muchos rumanos, amigos y conocidos, han regresado a su país, en busca de la estabilidad que creyeron encontrar aquí. 


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